A unos 30 kilómetros de profundidad comienza el manto, una capa que se hunde hasta los 2.900 kilómetros donde se encuentra el núcleo líquido de hierro. Todo esto ocurre bajo nuestros pies, una masiva capa sólida que estuvo enviando señales muy débiles que se perdieron entre los demás registros de sismogramas y de terremotos. Luego de revisar más de dos millones de registros sísmicos, unas desconocidas estructuras surgieron por debajo de la “fina piel de naranja” sobre la que nos asentamos, una frágil envoltura rocosa debajo de la cual se hallan unas enormes y misteriosas formaciones.
Así se vivieron los dos terremotos en Costa Rica: los impactantes registros de las cámaras de seguridadLas entrañas de la Tierra son muy distintas al océano sofocante de magma uniforme que pensaríamos viendo una imagen de nuestro planeta partido como una porción de torta. Allí dentro pueden descubrirse incluso otros continentes, o más bien, monstruosas anomalías geológicas que se elevan desde el fondo del manto como si fueran gigantescas masas continentales oscuras e invertidas. Estos abultamientos serían los restos de un protoplaneta que se estrelló contra nuestro mundo primigenio. Un nuevo estudio acaba de añadir toda una colección de misterios que se encuentran justo en la frontera turbulenta entre el manto terrestre y el infernal núcleo.
Ecos del abismo: la tecnología detrás del hallazgo
Para lograr esta hazaña y "ver" a través de miles de kilómetros de roca sólida, los científicos de la Academia China de Ciencias recurrieron a los mejores aliados posibles: la fuerza descomunal de los terremotos y la precisión de la Inteligencia Artificial. Cuando un gran sismo sacude la superficie, libera una cantidad masiva de energía que viaja hacia el centro de la Tierra en forma de ondas. Es un proceso similar a arrojar una piedra a las aguas oscuras de un lago para adivinar la forma de un objeto sumergido mediante el eco del impacto; los temblores actúan como verdaderas "linternas" sísmicas que iluminan fugazmente la penumbra del abismo.
En este estudio, los investigadores rastrearon unas tenues señales llamadas "precursoras PKP". Estas ondas sísmicas son sumamente particulares: atraviesan el núcleo externo líquido pero, al chocar con irregularidades en la base del manto, rebotan y se desvían tomando "atajos". Debido a ello, llegan a los sismógrafos unos segundos antes de que se registre la sacudida principal del terremoto. El problema era que estos impulsos eran tan débiles que rastrearlos a mano entre décadas de datos era una tarea prácticamente imposible e ineficiente.
El impacto en la vida y en el campo magnético del planeta
Allí es donde entró en juego un sistema de aprendizaje profundo. La IA analizó más de dos millones de registros provenientes de casi 5.000 potentes terremotos ocurridos en todo el globo entre 1990 y 2024. Tras una rigurosa validación técnica, el algoritmo rescató casi 175.000 señales clarísimas, multiplicando por diez todo lo que la ciencia había podido catalogar en la historia. Este salto masivo de datos permitió revelar seis grandes regiones heterogéneas completamente desconocidas hasta hoy, ubicadas en zonas estratégicas como debajo de Eurasia, Asia Central y la cuenca del Atlántico Sur.
Estas misteriosas estructuras —conocidas también como zonas de ultra baja velocidad (ULVZ)— son complejas pilas termoquímicas compuestas por restos de placas tectónicas devoradas por la Tierra hace cientos de millones de años, rocas parcialmente derretidas y antiguos fragmentos del protoplaneta Theia. Comprender lo que ocurre a 2.900 kilómetros bajo la suela de nuestros zapatos es vital: el comportamiento de esta frontera entre el manto y el núcleo no solo alimenta el motor de la tectónica de placas y la actividad volcánica en la superficie, sino que además sostiene el campo magnético terrestre, el escudo invisible que protege la vida en la Tierra de la radiación cósmica.